
Según anunciaba ayer el crítico de procesiones del ABC, Luis Miranda, la triaca mortal que forman la Asociación de Cofradías, la Iglesia Católica y la Proverbial Desidia de nuestras autoridades se apresta a cometer uno más de los espeluznantes desaguisados en el patrimonio histórico-artístico a los que los cordobeses nos hemos ya acostumbrado.
Después de años dando la matraca para que se les permita la ocupación de un número mayor del ya demencial número de calles que ocupan durante la Semana Santa por su maniática reivindicación de meter los pasos en la Mezquita (en actual uso de Catedral) los cofrades están a punto de conseguirlo. Pero no contentos con ello pretenden que para hacerlo más cómodamente se destruya un elemento del patrimonio histórico artístico de la ciudad. Se trata de una de las celosías de cierre de la fachada norte del oratorio, uno de los escasos elementos arquitectónicos contemporáneos realmente imaginativo, de una exquisita discreción, que se integra perfectamente en el conjunto del templo musulmán y que les molesta a ellos porque les estorba para meter sus pasos paliados y despaliados bajo los arcos milenarios omeyas sin hacer cola.
El arquitecto conservador del templo, Ruiz Cabrero, con sospechosa rapidez, ya ha empezado a hablar de que se trata de una necesidad objetiva de los cofrades y de que en realidad se trata de un elemento muy reciente (1975), por lo que sería viable su eliminación. Como si lo reciente, sólo por serlo, desmereciera del derecho a ser conservado. Las celosías son obra, además, del arquitecto cordobés Rafael de la Hoz Arderius, cuyas obras han comenzado a ser protegidas.
El señor arquitecto ya podría haber exigido hace tiempo la uniformización en positivo de ese vergonzoso muro colocando en todos los arcos las mismas celosías en lugar de jalear la eliminación de una de ellas. El hecho de que sólo en cuatro de las arcadas exteriores se permitiese la imaginativa solución de las celosías y que el resto se hallen aún intolerablemente emplastadas de cementazo parece deberse a la delirante causa de que se trata de los muros traseros de una serie de capillas que son ¡¡¡privadas!!!, propiedad de familias de muncho abolengo y tronío de esta ciudad. Y por supuesto, de rancia catolicidad. Pa enterrarse en ellas.
¿Cuándo, Dios Santo, acabaremos de salir en Córdoba del siglo XIX?